Escribir era lo mismo que atar sus ideas; algo como convertirlas en sueños obligados a cumplir.
Buscando un lugar en esta tierra de nadie vivió una auténtica odisea de regreso a su cordura. Sintió hielo que quemaba en sus abismos más profundos, que restaban habilidad a la hora de mentir.
Le quedaban pocas vidas que alquilar a este gato, moribundo, nocturno y pasajero que buscaba la belleza en la mancha de carmín. Era negro, huía de su suerte más por inercia que por razón, los callejones donde emborrachaba sus sentidos eran ya un lienzo, casi en braille, donde los ciegos de desesperación buscaban la razón más letal para abandonar el mundo de los que creían estar vivos. Las espinas le pincharon poco más a la izquierda del corazón, donde guardaba los resquicios de recuerdos e historias que no eran suyas pero que las sentía tan adentro que terminó por adoptarlas. Adaptarlas, en este caso, a una vida carente de vida y a unas ganas, carentes de sentido, de salir huyendo con el primer pincel bohemio que se atreviera a retratarla.
A este siglo veintiuno le sobraba más de una X y le faltaba toda la libertad que antes se censuraba sin tapujos y ahora se restringía sutilmente. Había buscado innumerables sinónimos de la palabra 'amor', del sentimiento 'querer' y de la persona 'yo' que no le quedaran grande, pero sus piernas se escurrían inevitablemente. Sospechaban de su pecho, malherido y abandonado, casi mutilado; un campo de batalla en el que las mariposas no volvieron a ver la luz del sol. Sus manos, cansadas y desgastadas de tanto frotar la magia, decidieron huir cuando ya no le quedaron más deseos. Hasta el color de sus ojos se contradecían; los tristes, bicolores y dañinos, los malditos inocentes ojos color impaciencia.
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