Descubrí que tu silencio vale más que todas esas letras y
poemas que intentan describirte.
No hay océano de estrellas más fugaces que las tuyas.
No hay abismos más furtivos e inapelables que los tuyos,
donde vengo morir en cada entonación de tus maullidos.
Gata excarcelada, sin escusas en su risa y solitaria y voraz
que aspira a tigre.
Mis dedos dejan de ser inmutables cuando se hunden en tus
dunas
y se queman en las maravillas de tu belleza femenina, y
felina.
Cuando tus poros me llaman, como cráteres sedientos de lava
sucia, la selva de ahí afuera parece menos pérfida y me incitan a (come)te(rte) todos los pecados que sus dioses
no perdonan
y a quemar con cada
cigarro la vileza de nuestros sollozos.
Los antojos de tu cuerpo se me antojan astillas de eternidad
que se clavan en mi huella de humano cuando nos convertimos en animales sin
desvelo,
cuando nos imantamos tan adentro que el cortocircuito es inevitable en
nuestras almas.
Y es porque nos olemos y nos tecleamos nuestros adentros y
nuestros afueras.
Porque nuestros dedos son amigos de nuestros cuerpos y
derraman cada gota de deseo que culmina en nuestros sorbos fríos de cerveza,
malherida, como nosotros.
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