Se gustaban más sin ropa y sin dudas
Conquistaban sus lunares cada noche
y en sus manos cabía más amor que cordura.
Vivieron el calor del verano,
el florecer de la primavera
y el frío invierno les invadía en cada despedida.
Sus poros respondían a sus miradas
y sin saber nadar buceaban,
siempre que querían; ella en su espalda y él en sus estrías.
Se sabían inexpertos de la vida
pequeños animales jugando a quererse
y a morderse, ¿por qué no?
Jamás encontraron tantos oasis en el desierto del otro
y jamás se le pegaron las estrellas a las sábanas como entonces
Se sabían colonos de sus cuerpos, dilatados de tanto amor
extasiados por las cascadas de sus risas
que revoloteaban libres y fugaces por las paredes de aquella habitación
testigo de sus vaivenes, de sus cárceles
Tan ajenos como suyos improvisaban, como todos
pero lo hacían desde sus cabidas, desde sus huidas
y sentían que la vida se les escapaba un poco menos
Y ya no aspiraban al cielo, el cielo era ahora
el punto de partida.
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